¿Por qué se duermen las piernas?


A todos nos sucede. Tras estar un rato quietos, parece que tenemos las piernas anquilosadas. Entonces decimos que se nos han ‘dormido’. Pero las piernas no son las responsables de esta sensación, sino los nervios que transmiten las órdenes del cerebro, que se atrofian.
A todos nos ha pasado muchas veces. Cuando permanecemos un rato quietos, nuestras piernas parece que no responden, es como si les costase trabajo moverse. Y, poco después, a medida que nos comenzamos a desplazar, aparecen pinchazos y hormigueo antes de recuperar su agilidad normal. Cuando esto sucede, decimos que se nos han ‘dormido’ las piernas. La explicación de que la palabra ‘dormido’ aparezca con comillas obedece a que se utiliza de modo figurado, ya que realmente las piernas no se duermen. Lo que les sucede es otra cosa y, si hubiera que acusar a alguien de dormirse, debería ser a los nervios, verdaderos responsables de esta sensación.

Todos sabemos que nuestro cuerpo funciona porque obedece órdenes del cerebro. Pues bien, el medio del que éste se sirve para hacerlas llegar a su destino son los nervios, que recorren todo nuestro cuerpo. Por ellos circulan los mensajes del cerebro hasta nuestros músculos y articulaciones para que se muevan o permanezcan quietos.

De este modo, si queremos mover una pierna, nuestro cerebro envía la orden a través de la espina dorsal hasta los nervios que se encuentran en ella, que recibe entonces el mensaje y se pone en marcha.
¿Por qué, a veces, la pierna parece no obedecer? Es muy sencillo. Cuando reposamos, en ocasiones, ejercemos presión sobre ella o sobre cualquier otra articulación –bien porque la mantenemos doblada o bien porque la cargamos con nuestro peso-. En ese caso, puede suceder que los nervios, al no recibir suficiente sangre debido a esa presión, queden momentáneamente atrofiados y tarden un tiempo en reaccionar.

De ahí que, cuando recuperamos nuestra posición normal, al eliminarse la presión y restablecerse la circulación de la sangre, poco a poco los nervios vayan ‘despertando’ de su aturdimiento y reincorporándose a sus funciones habituales.
En cualquier caso, aunque como decíamos se trata de una situación muy frecuente para todos nosotros, cuando se produce de forma excesiva no estará de más visitar a nuestro médico, ya que puede ser un síntoma de algún problema de mayor gravedad tal como mala circulación de la sangre.


Pero, en circunstancias normales, basta con que tratemos poco a poco de recuperar su correcto funcionamiento antes de apoyarnos en ella, pues podría fallar y provocar una caída. Para devolverla a su estado habitual, simplemente debemos eliminar la presión y obligarla a realizar algún movimiento.


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